Volando con Chispis Woman

Entender el teatro como la combinación de la actuación, escenografía, música, sonido y espectáculo se me queda corto cuando veo Chispis Woman. Ozkar Galán nos reta poniéndonos en peligro las emociones en un vaivén donde la memoria se la juega a todo o nada para advertirnos que tenemos la obligación de venerarla. Nos zarandea con la intención de convertir lo trágico de cualquier comedia en un viaje en el que somos incapaces de movernos de la butaca, prestándonos la vida de Lucia Arozena (personificada por Eva Bedmar) que, con el mismo atrevimiento que le caracteriza, se mete en nuestra casa, se acomoda en nuestro sofá y nos nutre de anécdotas vitales en una España repleta de heroicidad heredada de padres a hijos de un barrio obrero cualquiera que podría ser Carabanchel.  A la Chispi con la que volamos, nos la imaginamos con cuchara en mano en una huida semejante a la necesidad de salir del túnel de una demencia disfrazando a las madres, hijas y nietas (personificadas por Laura García y Marina Muñoz) de super heroínas aliadas y confrontadas en un divertido diálogo que nos despista para, sin previo aviso, provocarnos la lágrima más sentida derribándonos todas las paredes. Ricardo Cristóbal no se queda lejos de la encomienda, dirigir una obra en la que el laberinto humanista del dramaturgo O. Galán te engulle desde el inicio hasta el final, requiere de una mano ejecutora que él personifica a la perfección pues se puede palpar la maestría de un director que sabe de la interpretación de un elenco que estudia, conoce pero, sobre todo, siente.

El hilo conductor de Chispis Woman se eleva por la Sala Tarambana y se coloca entre las esquinas para de golpe bajar al suelo y llevarnos a una proyección, un sonido, un cambio de luces, una des-ubicación semejante a un laberinto donde la salida no se nos presenta hasta el final de la última escena y estas valientes actrices, desde que se abre el telón y comienza la función, nos engullen paseándonos por el corazón en un latir de vivencias en el que el amor, en todas sus variantes, se puede sentir, no sólo por la pasión que transmiten obligándonos a luchar con ellas, sino porque además nos dejan de tarea el no olvidar que, como diría Arthur Miller, “la estructura de una obra de teatro es siempre la historia de cómo los pájaros regresan a casa para sentar la cabeza”. Chispis hace que el ser individual y el colectivo se unan para entremezclar las imágenes que proyectamos en los otros, una realidad paralela en la que podríamos vivir sin cuestionarnos que la fantasía es una de las mejores prácticas para evadirnos de lo que nos ha transformado con el paso del tiempo, pero sobre todo nos advierte que en todos los abismos de la perdida de memoria queda intacta la ternura que en su despiste se hace más evidente, abriéndose paso a la incondicionalidad que personifican aquellos que nos acompañan entre la bruma y la niebla.

Chispis nos sacude haciéndonos dudar sobre nuestra propia realidad para asegurarnos que vivir en un mundo donde nuestras capacidades cognitivas merman no está exento del esfuerzo de los que trabajan el recuerdo, convirtiéndolo en una maravillosa aventura donde las imágenes de un accidental pasado son sustituidas por las voces de una radio que nos trasladan a la mesa camilla y el brasero. Esta obra de teatro nos quiebra y lo hace de soslayo, regalándonos un nudo en la garganta cuando ya estábamos envueltos en la magia del humor para, desde el otro lado, observarnos los rostros que, en medio de una mueca de sorpresa y emoción, entienden toda una trama en la que nos hemos colgado de la capa de alguna de las actrices y hemos soñado.  

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